Siga el corso

Una breve comedia de costumbres

La acción: en cualquier pueblo de la República Argentina. Los personajes: el intendente y el referente de una organización de arte y cultura popular. El conflicto: el delicado vínculo entre el arte y la política entiempos de la posmodernidad.


-Necesito su comparsa, Benítez.
Benítez, referente de la organización Todo el año es carnaval, que sostiene diez comedores escolares y talleres de murga para unos cien chicos del barrio, se contiene, elige su tono de voz más amable, y al fin responde al intendente:
-Es una murga, señor intendente.
-Sí, eso, lo que armaron con los redoblantes que les donó la municipalidad.

Para aclarar su confusión, y ejercitando una vez más su paciencia puesta a prueba, Benítez dice entonces:
-Usted se refiere a los que donaron al “Hacha” Monasterio, los redoblantes y los bombos –y sigue, aunque sabe que está al borde de la imprudencia: -los que van a todos sus actos de campaña.
-Ya, ya –prosigue inmutable el funcionario: -cuando nosotros se los donamos...
-Señor intendente, esos redoblantes son una donación de la fundación Deustche Carnavalean, sabe que por principio no recibimos donaciones de ningún espacio político...
-Ya, ya, recuerdo que cuando recibieron esa donación, el presidente se había puesto firme con los acreedores alemanes, y fue justo que ustedes cedieron por un par de redoblantes... pero, bueno –dice el intendente buscando por el escritorio su caja de puros–, ustedes no son políticos, son artistas, no tienen que tener visión estratégica. Benítez se muerde el labio inferior antes de contestar, mientras se refriega las manos sudorosas...
-Así que usted puede traer su comparsa, Benítez, mañana, al acto...-Murga.-Como sea, pero no es de esto que quería hablarle, sino de la gran convocatoria que estamos haciendo a las organizaciones populares como la suya...

Benítez se arrellana en el sillón, preparando el cuerpo al anuncio del intendente.
-Escuche esto –dice después de escupir la punta del puro que al fin encontró en el desorden de papeles: -vamos a aumentar al triple la partida destinada a Cultura. Con los brazos abiertos, la cabeza ladeada y mordisqueando el cigarro, parece esperar un aplauso, pero Benítez sólo acota tímido:
-El presupuesto para Cultura es del 0,00002 por ciento, eso significa...
-¡Un considerable aumento! ¡Ni lo mencione, ya lo sé y no me lo agradezca! ¡Por eso queremos que mañana esté con su comparsa...
-Murga.
-Lo que sea, y esto es solo el comienzo de un proyecto provincial de enorme envergadura-, el intendente ha tendido su cuerpo por sobre el escritorio, tiene el puro todavía sin encender entre los dedos, y lo encara a Benítez con aire de conspirador: -que quede entre nosotros, Benítez –dice en un susurro– pero el gobernador tiene pensado hacer una gran industria cinematográfica, convertir a esta provincia en una merca del cine:
-Meca.
-Como sea, así que las organizaciones con gente como ustedes, que canta, lanza fuego y tira cosas al aire, van a ser fundamentales...
-Artistas, quiere decir...
-Como sea, ya hemos comprometido la presencia de actrices que han sido viejas glorias del cine nacional...
-¿...De las décadas del ‘40, 50, Amelia Bence, Mirtha Legrand?
-Más bien de los ´80: Adriana Brodsky, Noemí Alan... incluso una que hizo de Evita... –chasquea los dedos frente a la cara de Benítez, esperando que el otro le dé una respuesta, hasta que le contesta:
-Esther Goris...
-¡No! Flavia Palmiero. Ahora que lo pienso, no sé en qué anda esa otra... qué importa... mañana hacemos ambos anuncios... así que queremos que estén...
Benítez sabe que ha llegado el momento de hacer algún tipo de consideración política. Imagina chispazos de rispidez, cuando le haga notar al intendente que en pleno mandato se ha pasado del P.J., Partido de la Justicia, que gobierna la provincia, al P.R.O, Partido de la República Organizada, cuando llevaron al gobernador a juicio político por sus vínculos con la dictadura. Como si el otro leyera su pensamiento, le dice:
-Usted es un artista, Benítez, ni es pragmático ni tiene obligación de serlo. El Partido de la República Organizada llegó a un acuerdo programático con nosotros, ya sabe, por el tema de la seguridad: lo de la policía equipada con misiles, y lo de las cárceles con cercas eléctricas de última generación, financiadas por la Fundación Manhattan, algo en lo que, hay que admitirlo, nuestro partido venía a la retaguardia. Pero ya ve, el gobernador sigue en su cargo, los republicanos tienen más bancas, y yo sigo como intendente.
-Pero las medidas de seguridad son, si me lo permite, de derecha, y el gobierno provincial, un tanto... ¿feudal? —dice Benítez con la esperanza de que por no conocer el término, el intendente no haga que sus culatas lo muelan a patadas.
-Benítez, Benítez. Yo lo comprendo, usted es un artista, y los artistas naturalmente tienen que ser de izquierda. La cultura, el arte, la educación, tienen que ser progresistas. La seguridad y la economía, tienen que ser de derecha. Pero usted sabe que en el mundo no hay más izquierda ni derecha, que esas son categorías perimidas.
Le dice entonces que le dará un ejemplo y sacude ante sus narices un libro en el que se registra la experiencia de cientos de organizaciones como la suya. A Benítez le sorprende que el intendente tenga esa información, y espera que el otro le diga al fin:
-Quien lo escribió será futuro secretario de cultura de los republicanos, y según las viejas categorías de la política, usted diría que es un hombre de derecha, pero, fíjese qué curioso, lo considera a usted toda una autoridad “en el campo del arte y de la cultura popular que hace de la calle una fiesta y de los vecinos del barrio protagonistas de su tiempo”. Ha leído la última frase de la solapa, donde el autor sonríe a un futuro preñado de progreso y de “instituciones democráticas sanas”.
-¡De usted dice eso! ¿Se da cuenta? A quien esas viejas y arcaicas categorías lo sindicarían como un hombre de izquierda.
Benítez se siente un tanto mareado, y en la náusea que lo invade, piensa si las fosas comunes que se encontraron en los campos del gobernador son de derecha, si los vales con que les paga a los obreros de su ingenio son de izquierda y si los inodoros que el mismo intendente repartió para las últimas elecciones municipales junto con la boleta de su partido, son de centro.
-Pero volvamos al emprendimiento que nos convertirá en una merca del cine...
-Meca –dice en un hilo de voz, casi sin fuerza ni oposición, Benítez.
Como si se tratara de la inauguración de un hospital, corriendo un lienzo blanco, el intendente descubre un plano ubicado detrás de su despacho, el croquis de los futuros estudios de cine.
-¿Se da cuenta del alcance de esto? ¡Inversores, trabajadores, tal vez hasta se forme una nueva burocracia nacional!

Benítez sabe que ahora debería corregir al intendente, diciéndole “burguesía”, pero entiende que su fallido habla más de sus intenciones y de las de sus mandantes que de su propia ignorancia. El tipo sigue entonces, victorioso, con el puro como un sable corvo, trepando una silla cual corcel.
-¡Y no le dije lo mejor!¡Vamos a montar esta industria en Potrero de las Garzas..!

¿No era una reserva natural, y no fue antes o bien, al mismo tiempo, un territorio usurpado a sus habitantes originarios? Es lo que piensa Benítez a punto de desmayarse, y cree recordar algo más: allí funcionó una pista de aterrizaje en la que se descargaban unos sospechosos bultos traídos de Bolivia en los noventa, cuando el intendente era concejal, y todo el Concejo Deliberante votó por unanimidad “declarar de interés provincial la industria aeronáutica como estímulo central para la economía de nuestra provincia”.

-¿Qué será de los in...dí...genas?- alcanza a balbucear.
-¡Me extraña, Benítez, pueblos originarios se dice! ¡El gobernador lo manejó con su reconocida capacidad de gestión y creatividad política! Los que estén de acuerdo, van a participar de esta nueva industria.
-¿Y los que no?
-Los afincaremos en la zona residencial, en pleno centro de la ciudad.

Benítez está desorientado. Recuerda cuando con varias organizaciones hicieron un acto de protesta frente al monumento a Roca, en la plaza principal, y el intendente mandó reprimirlos. Se lo recuerda con cautela.
-Es que es parte de la historia, Benítez. Usted no puede borrar a Roca. Pero sí puede hacer que tanto el “zorro del desierto” como los pueblos originarios compartan el mismo espacio público. ¡Porque ya no hay ni izquierda ni derecha!
-¿El mismo espacio público? Quiere decir que...
-Los que no quieran quedarse en sus tierras ancestrales tendrán un espacio verde, público, perfectamente delimitado en la plaza...
-Eso se llama canil y es para los perros... –dice Benítez levantándose horrorizado, manoteando el picaporte del despacho y sintiendo al mismo tiempo cómo la náusea lo gana y lo derriba sobre la alfombra, impidiéndole escuchar las últimas palabras del intendente.

-Bueno, canil, canil, usted sabe cómo ha mejorado la condición de los animales gracias a la lucha de los ecologistas...

Recién entonces advierte que el otro se ha caído redondo, por eso se acerca, lo cachetea un poco, y dice para sí:
-Artistas... son demasiado sensibles y cualquier pavada los impresiona...
Luego lo sacude de los hombros, le acerca un vaso de agua, y al fin le pide:
-Vamos Benítez, ¡despierte, despierte! ¡No sabe cuánto necesitamos de su comparsa para el acto de mañana!